La Inmortalidad del Pump
Yo no soy una súper mamá, tengo un súper pump.
Ese concepto de súper mujer y yo no nos entendemos.
Yo no soy una súper mamá, tengo una súper Nana,
con ella comparto la oportunidad mágica, única y efímera de ver crecer a mi primera hija,
de ser testigo recurrente de tantas primeras veces,
mientras yo estoy en el trabajo, otros quizás pensando que yo soy una súper mujer.
Como tal vez lo piensan de mi Nana, mientras su esposo cuida de sus hijos.
Yo no soy una súper mamá, tengo un súper pump.
La única especie que deja a su cría recién nacida en manos de otro, voluntariamente,
para que lo alimente en su ausencia.
Conectada a ese aparato milagroso que succiona mi pecho a un rítmico compás,
presiono el play en el celular para escuchar la risa de mi hija,
el soundtrack de una mamá moderna, no una súper mamá.
Yo no soy una súper mujer, no lo puedo todo,
tampoco quiero poderlo todo.
Basta ya de superlativos que no suman adjetivos.
Digo no más veces que nunca,
no a cosas que quiero hacer.
Acepto no ser una súper mamá, mucho menos una súper profesional.
Yo no soy una súper mamá, tengo un súper Papá,
cocina, friega y riega las plantas hasta verlas florecer.
La mujer maravilla rima con gravilla,
concretamente una idea que no va con la naturaleza.
Yo no soy una súper mamá, yo me pumpeo en medio de reuniones
para que no se diga que no hice,
para que el sacrificio de salir de casa parezca valer la pena.
Una manta cubre el pecho que le regalo a una máquina,
Mariela aprende a succionar su mamila plástica,
sin querer, ni entender porqué.
Yo no soy una súper mamá, yo tengo un súper pump,
máquina que creó el hombre y la mujer.
Vieron que era buena la alternativa de no ser una vaca y sí ser una súper mujer.
Y como la santa trinidad estoy en el trabajo, en mi hija y en el refrigerador a la vez.
Laura Vicens
(27 de Mayo, 2017)